Nota: Este artículo tiene serios spoilers de Life Is Strange. Si no lo ha jugado puede venir a leerlos después de pasarse el juego. Si no le importa bien pueda, está en su casa.

Cuando escucho ‘Mountains’ de Message to Bears recuerdo cuando me sentí como Max Caufield, mientras veía a su mejor amiga derramada en lágrimas en un basurero. Recuerdo todo, muy bien, detalladamente. La lágrimas de Chloe que repetía sin consuelo Rachel una y otra vez con la voz aguda y desesperada. Recuerdo la noche, la basura, el frío el afán de escarbar la tierra buscando el cadáver. Sentía tanta frustración, impotencia, tantas ganas de encontrar al asesino y hacer justicia. Me duele, y hoy todavía siento como lagrimeo al recordar esa escena.

Cuando ocurrió, hace unos meses, solté el control y revisé toda mi vida pasmado frente a la pantalla. Sentía ganas genuinas de abrazar a Chloe, no dejarla sola en este momento de desesperación. La sentía mía, sentía ese dolor como si me perteneciera. Como si yo fuera la que estaba enamorado de Chloe, como si yo deseará más que nada su felicidad y bienestar. Estaba en los ojos de alguien más, de Max, yo era ella. El juego quería que yo fuera ella.

Los juegos tienen una extraña manera de contar historias. En este caso Life is Strange me hizo ver todo desde los ojos de Max Caufield. Ella tenía el poder que todos quisiéramos tener, devolver el tiempo, y me hizo ser ella y tomar decisiones por ella. Al controlarla tenía autoridad sobre lo que hiciera o no hiciera con ciertas personas. Tenía la responsabilidad sobre su extraña habilidad y la manera en la que la usara con los demás.

Así, sin notarlo, me fui convirtiendo en amigo de los amigos de Max, mientras sus enemigos me despertaban desagrado y molestia. Yo veía todo lo que estaba pasando a través de sus ojos: la desaparición de Rachel, la vigilancia en el colegio, la tristeza de la rechazada del salón. De una manera me convertí en ella y por eso veía a Chloe como un ángel caído del cielo, perfecta e inigualable. Porque así la veía Max. Y sus problemas, eran mis problemas porque eran los mismos que los de Max. Sus intereses eran los míos, y también me sonrojé la primera vez que la besé mientras celebraba en silencio.

Todo estaba planeado para que el juego me pesara de la manera en la que me pesó cuando desenterramos el cadáver de Rachel, y todo lo demás. Al final debemos decidir entre salvar a todo un pueblo o salvar a Chloe pero para nosotros no hay diferencia alguna: perderla es perder el mundo en ese momento por lo menos lo es. Y la mayoría decidimos salvarlos a todos, porque es lo correcto, pero terminamos con el corazón muerto.

Life is Strange trabajó duro durante sus cinco capítulos para convertirnos en Max Caufield y hacernos entender lo que duele perder lo que amamos. Pero si no lo hubiera hecho de esa manera la historia habría sido otra, y los recuerdos también. El juego no solo nos contó una trama, nos hizo parte de ella y sus consecuencias. Nosotros perdimos con ella y la hicimos.

 

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